Un cronopio toma el autobús S, apestado de esperanzas y algún que otro fama. Su nata tendencia a la abstracción, agravada por el sol profundo de mediodía, le conduce a un ensimismamiento tan, que nomás percibe un modiglianiano cuello. Mientras calcula-imagina-divaga sobre cuántas bocas diferentes podrían lamerlo, el cuello desaparece de su ángulo de visión, al parecer tras una trivial discusión entre esperanzas nerviosos que comparten el mismo espacio.
Dos horas más tarde, delante de la estación de Saint-Lázare, el cronopio reconoce el inconfundible cuello. Advierte ahora el aspecto de su dueño y confía en que éste ignore el absurdo consejo de un fama sobre la conveniencia de añadir un botón más al abrigo.
dissabte, 6 de març del 2010
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