dilluns, 1 de novembre del 2010

Revelación kafkiana en Praga

I
La embajadora española en Praga me había asegurado que sin tramitar una denuncia, le era imposible extenderme el salvoconducto que necesitaba urgentemente para salir del país. Así que irrumpí en la primera comisaría que encontré. Un joven policía, de aspecto mezquino y uniforme roñoso, cruzaba su ovejuna mirada con la de un compañero, igualmente poco espabilado, mientras yo trataba de explicar el robo de mis pertenencias. Hastiadamente, escribió una dirección en un mugriento papel, y supuse que debía dirigirme allí.

II
Con las prisas, no presté atención de validar mi billete de metro. Un energúmeno me increpó, escupiendo a través de sus escasos dientes una verborrea realmente amenazante. Aunque mostraba una placa, las greñas grasientas y su aspecto feroz me hicieron recelar. En pleno ataque de nervios, encendí un cigarro. Respiré aliviada al ver que dos policías se dirigían hacia nosotros. Tuve que pagar dos multas: la del billete, y la de fumar en un área no permitida.

III
La dirección resultó ser la comisaría central. El ruinoso aire post-socialista de la ciudad cobraba más fuerza en su interior. El único fluorescente que había relampagueaba, remarcando tenebrosamente los desconchados de las paredes. En una suerte de improvisado esperanto y no sin pocos esfuerzos, un agente me hizo entender que debía ir a una tercera comisaría, especial para extranjeros.

IV
Bajando la corroída verja de ésta, un desabrido funcionario me comunicó que estaba cerrada.

V
Sin haber pegado ojo, por la mañana temprano volví. No fue posible hacer la denuncia inmediatamente, debido a la ausencia de un traductor jurado hispanohablante.

VI
Al día siguiente, la situación se repitió. Así que convencí al comisario para declarar utilizando como intermediario a un turista belga, al que yo hablaba en inglés, él lo relataba en francés a un traductor jurado, y éste a su vez en checo al cetrino policía que mecanografiaba la denuncia.

VII
Exhausta, en un fotomatón camino de la embajada me hice la foto que necesitaba para tramitar el salvoconducto. Cuatro horas después, los funcionarios de aduanas me impedían el paso alegando que en las fotos salía de perfil y eso no se ajustaba a la norma. Afortunadamente, los piercings nasales en 1994 no gozaban de la popularidad de hoy en día, con lo que pude demostrar que era yo la interesada. Mientras embarcaba, pensé que no había visto nada de la Praga monumental, pero al menos, había descubierto que Kafka no tenía imaginación.

diumenge, 9 de maig del 2010

Los días nublados

Hay días tan nublados que despoblan los bancos de las aceras de las ciudades de los ociosos y abrigados ancianos que tanto sueñan el sol, tan nublados que descargan una fina pero afilada lluvia que priva(n) tanto los cojos,a los ciegos, a los niños cuyas hipocondriacas o maníacas madres quieren proteger de un constipado común como a los samoyedos, bobtails, chow-chows, alanos y demás razas de largo pelaje y remoto pedigree cuyos estirados dueños no desean enmohecer esas opulentas alfombras adquiridas en sus recientes viajes por Oriente Próximo, Medio o Lejano de sus hipermegasuper, o sea, divinos vestíbulos de un cotidiano paseo vespertino, tan nublados que obligan al ser humano por muy optimista, comunista, entusiasta, escéptico, tropélico o macrobiótico que sea a plantearse si ha llegado el Juicio Final, tan nublados que enmudecen los patios interiores de las abigarradas fincas de estudiantes, inmigrantes, y otras gentes de mal vivir, tan nublados que empujan a las amas de casa de cierta edad a santiguarse mientras bajan a comprar el pan, tan nublados que ni siquiera los más ocurrentes disertadores son capaces de bromear sobre el tiempo, tan nublados que un escritor cualquiera, incapaz de concentrarse en ese tiempo de silencio y bajas presiones, termina por divagar sobre los días nublados

dijous, 22 d’abril del 2010

Decepción a la americana

Érase una vez que se era, en un país muy lejano, un pequeño indígena aymará. Vivía en una cabaña de adobe techada de paja, de apenas 12 metros cuadrados, junto con su papá, Dionisio, su mamá, María, y tres hermanitos más. La familia había tenido otros tres hijos, que fallecieron antes de llegar a los dos años. No obstante, eran felices, ya que en un país como el de nuestra historia, eso era muy normal. Pero centrémonos en nuestro protagonista.
Desde pequeño tuvo que trabajar duramente la tierra y pastorear rebaños de llamas sin descanso. En ese país, también esto era muy normal. Jugaba al fútbol en sus escasos ratos libres, pero a diferencia de los otros niños, no soñaba con ser una celebrity mundial, al menos no en este campo. El niño creció y su verdadera meta, con tan solo quince años y todas las circunstancias en contra, se centró en ser presidente de su país. Incluso lo advirtió así a sus compañeros de clase, a los que animaba a ser sus ministros. Para estudiar, además de ladrillero, fue panadero y trompetero. Cuando tenía 21 años, tras cumplir el servicio militar obligatorio y vivir dos golpes de estado, volvió a trabajar la tierra, aunque otro Niño, éste de naturaleza ciclónica, acabó con más del 70% de la producción agrícola y se llevó a más del 50% de los animales de su comunidad.
Nada de esto desanimó a nuestro, por el momento, héroe, que desde un modesto puesto de sindicalista cocalero, decidió abrirse paso en la carrera presidencial. Tras refundar el partido Movimiento al Socialismo, fue nombrado diputado del Parlamento de su país. Unas circunstancias favorables, y la defensa del derecho patrio a seguir produciendo coca en contra de las presiones de un país vecino muy grande y muy rico, le dieron la presidencia en diciembre de 2005. La izquierda mundial se alegró, y los presidentes de varios países vecinos le prestaron todo su apoyo, incluido el petrolero. Fue aclamado también en estas tierras, donde nuestro todavía humilde protagonista lució unos estridentes pullovers de pura lana andina que incrementaron sus intervenciones mediáticas. Atacó a la Iglesia Católica como principal enemiga de sus reformas, a la que tachó de obsoleta e imperialista.
Pero algo debe tener el poder, que al hombre fuerte vuelve necio, o más bien, que éste se siente legitimado para poder decir cuánto le venga en gana. Y hete aquí que llegó un día en que nuestro protagonista, alardeando de densa, negra (y genética) melena amerindia, y alentado sin duda por los los nombramientos Honoris Causa en diversas universidades, agarró un micrófono y dejó frases inolvidables para la posteridad. Atribuyó el aumento de esa enfermedad llamada homosexualidad a la ingestión de pollos alimentados con hormonas femeninas. Promulgó la tan manida leyenda urbana de la Coca-cola como desatascador de tuberías y predijo, demostrando ser un ingrato, un futuro de calvicie para los europeos. Se ve que ya no recordaba su ayuda en la carrera presidencial.

dissabte, 6 de març del 2010

De cómo no ser infeliz

En el platónico Mundo de las Ideas donde habitaba, la Comparación era consciente de que ocupaba un lugar secundario. Su propio nombre ya lo indicaba. No sonaba tan rotundo como el de la Verdad ni suscitaba tantas expectativas como el de la Venganza, por ejemplo. No sentía que los humanos la evocasen con tanto anhelo como a la Serenidad ni despertaba en éstos el deseo como hacían la Lujuria, la Pasión, la Lascivia y otras tantas de sus compañeras.

Además, y para su desgracia, había parido (por decirlo en nuestro lenguaje, ya que la verdad es que las había generado espontáneamente en las mentes humanas cuando éstas la mentaban), una prole de dudosa reputación.
Su primogénita, la Duda, sin ninguna capacidad de elección, siempre ralentizando las decisiones humanas. ¿Qué decir de la Inseguridad? La propia Comparación renegaba de su propia hija cada vez que se lamentaba de su inferioridad de condiciones, y sobre todo, renegaba de sus compañías, nada recomendables, la Promiscuidad, la Desgracia, la Adicción y la Autocompasión.
Su único consuelo era su benjamina, la Relatividad, que siempre encontraba motivos para ser feliz.

las cosas salieron así.

ese desgraciado intentó quitarme a mi william, quiso colármela el muy cabrón, a veces, tener la boca grande sirve de algo.
menos mal que nunca me confié del todo en él. el caso es que yo no me había delirado con el kía, una puta solo aspira a que le desnuden con la mirada, como hizo el chabón por primera vez, menos mal que a todo una se acostumbra y hasta se enorgullece con el tiempo. pero ví como guardaba unos simples garabatos, ya ves, con cuatro gallinas, que dibujé en su oficina, uno de aquellos días que traducía cartas para mi marinero, y que ya nos habíamos copado. nunca me llevó a su departamento, ni me dijo donde estaba, y nunca sabré donde guardaba las fotos que me tiraba, no creo en su casa, de fijo que ahí estaba otra mina, los hombres necesitan al menos dos. mirá que solo le pedí un favor, él que sabía que mi marucha, mi amiga, mi mamá, necesitaba el veneno, que la re-puta de la dolly la andaba cogiendo, quitándole a los ricos, y la marucha llorar y llorar...
y coge el muy mamón y por la espalda, intenta reírse de la pobre mina pampeana y de pocas, me corta el suministro de regalos del william de paso.
me cago en la concha de su madre. menos mal que mi william es más listo que el hambre. y alarife. y algo me quiere.
careteé cuando fui a su oficina a decile que la marucha no iba a cantar. adeveras, yo es que tampoco quisiera hacerle mucho bardo, lo juro, al principio sí, asustarle, con eso me conformaba.
quizá se arrugó cuando mi william le apuró, y se apeló a las de gaviota como luz. no creo que la yuta lo encerrara en la cana. la gente de guita sabe cómo sacarse las castañas del fuego. no sé porqué me acuerdo del re-creído ese. vos no existís, le diría, igual que yo no existí para vos, puto del orto.

El autobús. (Cortazariano)

Un cronopio toma el autobús S, apestado de esperanzas y algún que otro fama. Su nata tendencia a la abstracción, agravada por el sol profundo de mediodía, le conduce a un ensimismamiento tan, que nomás percibe un modiglianiano cuello. Mientras calcula-imagina-divaga sobre cuántas bocas diferentes podrían lamerlo, el cuello desaparece de su ángulo de visión, al parecer tras una trivial discusión entre esperanzas nerviosos que comparten el mismo espacio.
Dos horas más tarde, delante de la estación de Saint-Lázare, el cronopio reconoce el inconfundible cuello. Advierte ahora el aspecto de su dueño y confía en que éste ignore el absurdo consejo de un fama sobre la conveniencia de añadir un botón más al abrigo.