Érase una vez que se era, en un país muy lejano, un pequeño indígena aymará. Vivía en una cabaña de adobe techada de paja, de apenas 12 metros cuadrados, junto con su papá, Dionisio, su mamá, María, y tres hermanitos más. La familia había tenido otros tres hijos, que fallecieron antes de llegar a los dos años. No obstante, eran felices, ya que en un país como el de nuestra historia, eso era muy normal. Pero centrémonos en nuestro protagonista.
Desde pequeño tuvo que trabajar duramente la tierra y pastorear rebaños de llamas sin descanso. En ese país, también esto era muy normal. Jugaba al fútbol en sus escasos ratos libres, pero a diferencia de los otros niños, no soñaba con ser una celebrity mundial, al menos no en este campo. El niño creció y su verdadera meta, con tan solo quince años y todas las circunstancias en contra, se centró en ser presidente de su país. Incluso lo advirtió así a sus compañeros de clase, a los que animaba a ser sus ministros. Para estudiar, además de ladrillero, fue panadero y trompetero. Cuando tenía 21 años, tras cumplir el servicio militar obligatorio y vivir dos golpes de estado, volvió a trabajar la tierra, aunque otro Niño, éste de naturaleza ciclónica, acabó con más del 70% de la producción agrícola y se llevó a más del 50% de los animales de su comunidad.
Nada de esto desanimó a nuestro, por el momento, héroe, que desde un modesto puesto de sindicalista cocalero, decidió abrirse paso en la carrera presidencial. Tras refundar el partido Movimiento al Socialismo, fue nombrado diputado del Parlamento de su país. Unas circunstancias favorables, y la defensa del derecho patrio a seguir produciendo coca en contra de las presiones de un país vecino muy grande y muy rico, le dieron la presidencia en diciembre de 2005. La izquierda mundial se alegró, y los presidentes de varios países vecinos le prestaron todo su apoyo, incluido el petrolero. Fue aclamado también en estas tierras, donde nuestro todavía humilde protagonista lució unos estridentes pullovers de pura lana andina que incrementaron sus intervenciones mediáticas. Atacó a la Iglesia Católica como principal enemiga de sus reformas, a la que tachó de obsoleta e imperialista.
Pero algo debe tener el poder, que al hombre fuerte vuelve necio, o más bien, que éste se siente legitimado para poder decir cuánto le venga en gana. Y hete aquí que llegó un día en que nuestro protagonista, alardeando de densa, negra (y genética) melena amerindia, y alentado sin duda por los los nombramientos Honoris Causa en diversas universidades, agarró un micrófono y dejó frases inolvidables para la posteridad. Atribuyó el aumento de esa enfermedad llamada homosexualidad a la ingestión de pollos alimentados con hormonas femeninas. Promulgó la tan manida leyenda urbana de la Coca-cola como desatascador de tuberías y predijo, demostrando ser un ingrato, un futuro de calvicie para los europeos. Se ve que ya no recordaba su ayuda en la carrera presidencial.
dijous, 22 d’abril del 2010
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