diumenge, 9 de maig del 2010
Los días nublados
Hay días tan nublados que despoblan los bancos de las aceras de las ciudades de los ociosos y abrigados ancianos que tanto sueñan el sol, tan nublados que descargan una fina pero afilada lluvia que priva(n) tanto los cojos,a los ciegos, a los niños cuyas hipocondriacas o maníacas madres quieren proteger de un constipado común como a los samoyedos, bobtails, chow-chows, alanos y demás razas de largo pelaje y remoto pedigree cuyos estirados dueños no desean enmohecer esas opulentas alfombras adquiridas en sus recientes viajes por Oriente Próximo, Medio o Lejano de sus hipermegasuper, o sea, divinos vestíbulos de un cotidiano paseo vespertino, tan nublados que obligan al ser humano por muy optimista, comunista, entusiasta, escéptico, tropélico o macrobiótico que sea a plantearse si ha llegado el Juicio Final, tan nublados que enmudecen los patios interiores de las abigarradas fincas de estudiantes, inmigrantes, y otras gentes de mal vivir, tan nublados que empujan a las amas de casa de cierta edad a santiguarse mientras bajan a comprar el pan, tan nublados que ni siquiera los más ocurrentes disertadores son capaces de bromear sobre el tiempo, tan nublados que un escritor cualquiera, incapaz de concentrarse en ese tiempo de silencio y bajas presiones, termina por divagar sobre los días nublados
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