En el platónico Mundo de las Ideas donde habitaba, la Comparación era consciente de que ocupaba un lugar secundario. Su propio nombre ya lo indicaba. No sonaba tan rotundo como el de la Verdad ni suscitaba tantas expectativas como el de la Venganza, por ejemplo. No sentía que los humanos la evocasen con tanto anhelo como a la Serenidad ni despertaba en éstos el deseo como hacían la Lujuria, la Pasión, la Lascivia y otras tantas de sus compañeras.
Además, y para su desgracia, había parido (por decirlo en nuestro lenguaje, ya que la verdad es que las había generado espontáneamente en las mentes humanas cuando éstas la mentaban), una prole de dudosa reputación.
Su primogénita, la Duda, sin ninguna capacidad de elección, siempre ralentizando las decisiones humanas. ¿Qué decir de la Inseguridad? La propia Comparación renegaba de su propia hija cada vez que se lamentaba de su inferioridad de condiciones, y sobre todo, renegaba de sus compañías, nada recomendables, la Promiscuidad, la Desgracia, la Adicción y la Autocompasión.
Su único consuelo era su benjamina, la Relatividad, que siempre encontraba motivos para ser feliz.
dissabte, 6 de març del 2010
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