dissabte, 6 de març del 2010

De cómo no ser infeliz

En el platónico Mundo de las Ideas donde habitaba, la Comparación era consciente de que ocupaba un lugar secundario. Su propio nombre ya lo indicaba. No sonaba tan rotundo como el de la Verdad ni suscitaba tantas expectativas como el de la Venganza, por ejemplo. No sentía que los humanos la evocasen con tanto anhelo como a la Serenidad ni despertaba en éstos el deseo como hacían la Lujuria, la Pasión, la Lascivia y otras tantas de sus compañeras.

Además, y para su desgracia, había parido (por decirlo en nuestro lenguaje, ya que la verdad es que las había generado espontáneamente en las mentes humanas cuando éstas la mentaban), una prole de dudosa reputación.
Su primogénita, la Duda, sin ninguna capacidad de elección, siempre ralentizando las decisiones humanas. ¿Qué decir de la Inseguridad? La propia Comparación renegaba de su propia hija cada vez que se lamentaba de su inferioridad de condiciones, y sobre todo, renegaba de sus compañías, nada recomendables, la Promiscuidad, la Desgracia, la Adicción y la Autocompasión.
Su único consuelo era su benjamina, la Relatividad, que siempre encontraba motivos para ser feliz.

las cosas salieron así.

ese desgraciado intentó quitarme a mi william, quiso colármela el muy cabrón, a veces, tener la boca grande sirve de algo.
menos mal que nunca me confié del todo en él. el caso es que yo no me había delirado con el kía, una puta solo aspira a que le desnuden con la mirada, como hizo el chabón por primera vez, menos mal que a todo una se acostumbra y hasta se enorgullece con el tiempo. pero ví como guardaba unos simples garabatos, ya ves, con cuatro gallinas, que dibujé en su oficina, uno de aquellos días que traducía cartas para mi marinero, y que ya nos habíamos copado. nunca me llevó a su departamento, ni me dijo donde estaba, y nunca sabré donde guardaba las fotos que me tiraba, no creo en su casa, de fijo que ahí estaba otra mina, los hombres necesitan al menos dos. mirá que solo le pedí un favor, él que sabía que mi marucha, mi amiga, mi mamá, necesitaba el veneno, que la re-puta de la dolly la andaba cogiendo, quitándole a los ricos, y la marucha llorar y llorar...
y coge el muy mamón y por la espalda, intenta reírse de la pobre mina pampeana y de pocas, me corta el suministro de regalos del william de paso.
me cago en la concha de su madre. menos mal que mi william es más listo que el hambre. y alarife. y algo me quiere.
careteé cuando fui a su oficina a decile que la marucha no iba a cantar. adeveras, yo es que tampoco quisiera hacerle mucho bardo, lo juro, al principio sí, asustarle, con eso me conformaba.
quizá se arrugó cuando mi william le apuró, y se apeló a las de gaviota como luz. no creo que la yuta lo encerrara en la cana. la gente de guita sabe cómo sacarse las castañas del fuego. no sé porqué me acuerdo del re-creído ese. vos no existís, le diría, igual que yo no existí para vos, puto del orto.

El autobús. (Cortazariano)

Un cronopio toma el autobús S, apestado de esperanzas y algún que otro fama. Su nata tendencia a la abstracción, agravada por el sol profundo de mediodía, le conduce a un ensimismamiento tan, que nomás percibe un modiglianiano cuello. Mientras calcula-imagina-divaga sobre cuántas bocas diferentes podrían lamerlo, el cuello desaparece de su ángulo de visión, al parecer tras una trivial discusión entre esperanzas nerviosos que comparten el mismo espacio.
Dos horas más tarde, delante de la estación de Saint-Lázare, el cronopio reconoce el inconfundible cuello. Advierte ahora el aspecto de su dueño y confía en que éste ignore el absurdo consejo de un fama sobre la conveniencia de añadir un botón más al abrigo.