I
La embajadora española en Praga me había asegurado que sin tramitar una denuncia, le era imposible extenderme el salvoconducto que necesitaba urgentemente para salir del país. Así que irrumpí en la primera comisaría que encontré. Un joven policía, de aspecto mezquino y uniforme roñoso, cruzaba su ovejuna mirada con la de un compañero, igualmente poco espabilado, mientras yo trataba de explicar el robo de mis pertenencias. Hastiadamente, escribió una dirección en un mugriento papel, y supuse que debía dirigirme allí.
II
Con las prisas, no presté atención de validar mi billete de metro. Un energúmeno me increpó, escupiendo a través de sus escasos dientes una verborrea realmente amenazante. Aunque mostraba una placa, las greñas grasientas y su aspecto feroz me hicieron recelar. En pleno ataque de nervios, encendí un cigarro. Respiré aliviada al ver que dos policías se dirigían hacia nosotros. Tuve que pagar dos multas: la del billete, y la de fumar en un área no permitida.
III
La dirección resultó ser la comisaría central. El ruinoso aire post-socialista de la ciudad cobraba más fuerza en su interior. El único fluorescente que había relampagueaba, remarcando tenebrosamente los desconchados de las paredes. En una suerte de improvisado esperanto y no sin pocos esfuerzos, un agente me hizo entender que debía ir a una tercera comisaría, especial para extranjeros.
IV
Bajando la corroída verja de ésta, un desabrido funcionario me comunicó que estaba cerrada.
V
Sin haber pegado ojo, por la mañana temprano volví. No fue posible hacer la denuncia inmediatamente, debido a la ausencia de un traductor jurado hispanohablante.
VI
Al día siguiente, la situación se repitió. Así que convencí al comisario para declarar utilizando como intermediario a un turista belga, al que yo hablaba en inglés, él lo relataba en francés a un traductor jurado, y éste a su vez en checo al cetrino policía que mecanografiaba la denuncia.
VII
Exhausta, en un fotomatón camino de la embajada me hice la foto que necesitaba para tramitar el salvoconducto. Cuatro horas después, los funcionarios de aduanas me impedían el paso alegando que en las fotos salía de perfil y eso no se ajustaba a la norma. Afortunadamente, los piercings nasales en 1994 no gozaban de la popularidad de hoy en día, con lo que pude demostrar que era yo la interesada. Mientras embarcaba, pensé que no había visto nada de la Praga monumental, pero al menos, había descubierto que Kafka no tenía imaginación.
dilluns, 1 de novembre del 2010
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